Serie Puros Cuentos Narración: “Nueve mil setecientos kilómetros a través de la India” Capítulo XXII: “DESAYUNO CON SAHAJA”

Serie Puros Cuentos Narración: “Nueve mil setecientos kilómetros a través de la India” Capítulo XXII: “DESAYUNO CON SAHAJA”

Serie Puros Cuentos  Narración

“Nueve mil setecientos kilómetros a través de la India”  

Capítulo XXII:

“DESAYUNO CON  SAHAJA”

__ Hola buenos días, se escuchó decir a Sahaja, mientras se acercaba muy risueña a la mesa donde departían sus amigos.

__ Vaya, me parece que ésta otra vez no te ido tan mal ¿verdad?, le contestó Nerodi, el viejo propietario de aquel rústico y pequeño hotel, quien ya estaba acostumbrado a verla desaparecer por las noches hacia la profundidad del bosque, a donde iba en busca del monasterio, para luego recibirla de nuevo en su hotel muy al inicio del día siguiente de su partida.

_ ¿Por qué me preguntas eso?, respondió Sahaja, mientras arrimaba una silla a la mesa con un gesto rápido y elegante.

__ Vienes muy sonriente, como si no hubieses caminado largas distancias entre la selva y como si no te hubieses desvelado suficiente anoche.

__ Bueno, tu ya sabes de que se trata todo ésto…pura potencia volitiva… nada que tu no sepas, dijo Sahaja, mientras extendía galantemente su mano en señal de saludo a sus nuevos amigos.

Por unos instantes se hizo un breve e incómodo silencio en aquella pequeña  mesa, donde estaban atestados numerosas tazas de café humeante y varios platillos con huevos fritos. Departían allí el viajero, su amigo Robert y Nerodi, en su doble función de propietario del establecimiento y anfitrión de aquellos personajes que apenas recién acababan de llegar un día atrás.

¿Qué les pasa a mis amigos?, ¿Porqué amanecieron tan callados?, se escuchó decir a Sahaja, inquiriendo y dirigiéndose con la mirada hacia Nerodi.

__ En realidad estaban muy hablantines pero apenas llegaste tú y enmudecieron, como si hubieran visto aparecer a un fantasma, dijo Nerodi.

__ ¡Ajá muchachos, cuéntenme que les pasa!, contestó Sahaja, ésta vez mirando fijamente al viajero y a su amigo Robert.

__ ¿Estuviste anoche en nuestra habitación, verdad?, le preguntó el viajero a la joven, mientras daba un sorbo a su bebida.

Al escuchar aquello Sahaja ni se inmutó. Sólo esbozó una leve sonrisa y con un ademán pidió a Nerodi que le sirviera un poco de café caliente.

__Te vimos añoche, cuando entraste a nuestra habitación y nos curaste, intervino Robert, que había permanecido en completo silencio.

__ ¿De qué están hablando?,  no entiendo nada, respondió escuetamente Sahaja.

__ Ellos están asombrados… es más, creo que están asustados, dijo Nerodi.

Sahaja hacía como que no era con ella. Se concentraba en untar un poco de mermelada en una pequeña pieza de pan tostado que encontró en el centro de la mesa.

__Yo no sé qué les hiciste anoche, pero lo cierto es que ésta mañana nuestros amigos viajeros amanecieron como nuevos… cualquiera que los viera ahorita ni siquiera se imaginaría que hace pocas horas estaban agonizando en sus camas, delirando con la “optogenética” y otras frases incoherentes, se escuchó comentar al viejo Nerodi.

__ ¿Optogenética?, ¿Qué es eso?, preguntó Sahaja, mientras fruncia el ceño.

__¿No sé, pregúntale a Robert, quien repetía esa frase anoche, cuando yo entré a media noche apagar las luces de su habitación.

__ Es una técnica recién creada y aplicada por científicos de la Universidad de Stanford, que se usa para identificar con precisión los circuitos neuronales responsables de la ansiedad, respondió Robert muy seriamente.

__Ah, entonces parece que al fin la neurociencia descubrió los vasanas, dijo Sahaja, en un tono levemente irónico.

__¿Vasanas?, preguntó Robert, intrigado y con cierto desdén, pero con el rostro encendido, completamente enrojecido como un tomate.

Al observar los demás la súbita e inesperada reacción de Robert se hizo un breve silencio en la mesa, mientras aquellos comensales entrecruzaban rápidas miradas, como preguntándose entre ellos si aquel enrojecimiento se debía a un sentimiento de verguenza o de cólera.

__Sí, los vasanas, los samskaras de la milenaria tradición védica y upanishadica, que son explorados a través de la meditación, contestó Sahaja, mostrando un brillo especialmente intenso en sus negros y rasgados ojos nipones.

__ No confundamos las cosas, yo estoy habando de ciencia no de religión, se escuchó responder a Robert, ésta vez en un inconfundible tono molesto.

__Pues precisamente a eso me estoy refiriendo, a la meditación, que también es una técnica de exploración de impregnaciones, residuos y latencias que la psicologia de lo profundo designa como estructuraciones del subconsciente…perdona que te lo diga Robert, pero en cuestión de técnicas de conocimiento de la conciencia todavía no hay nada nuevo bajo el sol, dijo Sahaja, en tono amable pero firme.

__Mejor mira ésto, te ayudará más que diez mil horas de meditación profunda, le dijo Robert, al tiempo que alargaba su brazo para entregarle un libro que él tenía entre las piernas mientras desayunaba.

__ “El cerebro de Dios”, leyó Sahaja en voz alta, mientras lo tomaba entre sus dedos.

_-Lee la frase que está en la contraportada…le dijo Robert.

__ “La religiosidad y el sentido de la auto-trascendencia dependen de las áreas parietales posteriores del cerebro, sostienen en éste libro científicos de la Universidad italiana de Udine”.

__ ¿Y qué con eso? La conciencia cósmica y universal, la divinidad no está atrapada en las cuatro redes sinápticas y neuronales de éstos científicos…la mente es el origen del cosmos y rige la materia, respondió Sahaja, levantando levemente los hombros mientras le devolvía el libro a Robert.

__ Bueno, yo en lo personal no estoy de acuerdo con ninguno de ustedes dos, se escuchó decir al viajero, terciando en la plática e interrumpiendo su desacostumbrado silencio.  Yo no creo que se la materia, lo físico, lo determinante de todo, pero tampoco creo que la mente lo sea.

__Explícate un poco mejor, dijo Sahaja al viajero, adelantándose al mismo requerimiento que en ése instante llegó a la mente de Robert.

__Yo considero que todo está interpenetrado, que lo determinante ocurre en la zona interfronteriza existente entre lo físico y lo psíquico, y para el caso del ser humano, ese punto de interpenetración entre lo fisiológico y lo psicológico está en el sistema límbico, contestó el viajero.

__ “La caja de pandora” de los antiguos griegos, dijo Nerudi, quien hasta ése momento permanecía callado y muy atento a lo que allí se discutía.

__Exacto, me refiero a la sombra, el inconsciente somático como Jung le denominaba a esa zona especial, respondió el viajero.

__ Yo también muchas veces le he dado infinidad de vueltas a ése asunto y he terminado aterrizando en la conclusión de que no es la materia ni la mente o el espíritu lo que rige el universo, si no más bien es la energía lo supremo… pues como me decía mi padre, quien era un indú seguidor de la escuela Lokayata, allí donde hay energía hay información, y donde hay información hay conciencia… y por ello creo que hasta un árbol o una piedra tiene conciencia, en distinto grado a un animal o un ser humano es cierto, pero en todo hay conciencia, sentenció el propietario del hotel, quien en al llegar a ése punto de su discurso estaba en un estado exaltado, casi de semi-trance.

__ ¡Oh no, que terrible! ¡Terrible!, ustedes dos son hilozoistas, yo pensé que eran un poco más inteligentes, pero veo que casi rozan el panteismo, dijo Robert en voz alta, medio en broma y medio en serio.

__ ¿Y para ti, qué soy yo?, preguntó Sahaja al gringo, siguiendo la tónica de la broma en serio.

__ Tú eres una idealista ingenua. Olvidas que si no fuera por tu estructura física, tu edificio óseo, muscular, bioquímico y neuronal no tendrías en éste momento ni cuerdas vocales ni lenguaje ni ninguna posibilidad de expresar tus palabras e ideas, le contestó Robert.

__ Vaya, que fino y diplomático eres Robert, contestó Sahaja en tono irónico.  Pero de todos modos te agradezco tu sinceridad.

__ Estamos entre amigos ¿no es cierto?, dijo Robert, como disculpándose con la joven mujer.

__ Si, tranquilo Robert, yo no estoy molesta, pero ya que tu me calificas de ingenua espiritualista e idealista, dime entonces, cómo es que yo puedo hacer lo que hago… es decir…

__ Estar en dos sitios al mismo tiempo, se apresuró a decir Nerodi, completando la frase que intuyó su amiga iba a pronunciar.

__ Gracias Nerodi.  Exacto, a éso me refiero.

_- Y también la otra pregunta es cómo es que puedes sanar a los amigos… intervino Nerodi de nuevo, mientras veía de reojo al viajero y a su amigo Robert.

__ Eso es cierto Sahaja, éso es exactamente de lo que estábamos hablando justo unos momentos antes de que tú aparecieras ésta mañana, y habíamos acordado preguntártelo pero ya ves, nos pusimos a platicar de otras cosas…dijo el viajero.

__ Es cierto Sahaja, éstos dos hombres juran que te vieron anoche entrar en su habitación. Juran incluso que te pusiste a hacer unos extraños rituales sobre sus cuerpos, e incluso, dicen que antes de que tu salieras de nuevo estuviste hablando con ellos, dijo Nerodi.

__ Está bien Sahaja, depondo por un momento mi escepticismo cientifísta y racionalista y por favor te pido que nos expliques cómo es que tu lograste hacer éso anoche, sabiendo perfectamente que desde antes del anochecer te habías retirado hacia el monasterio del bosque, dijo Robert, cambiando ésta vez el tono de su voz.

__ Está bien, está bien, respondió Sahaja. Yo lo único que les puedo decir es que…

—————-

Fin capítulo XXII

Sergio Barrios E.

Para leer capítulos anteriores ir al siguiente enlace:

http://kultur-tulum.blogspot.com/

Serie Puros Cuentos: Capítulo XXI de la narración: “Nueve mil setecientos kilómetros a través de la India”

Serie Puros Cuentos: Capítulo XXI de la narración: “Nueve mil setecientos kilómetros a través de la India”

Serie Puros Cuentos

Narración: “Nueve mil setecientos kilómetros a través de la India”

Capítulo XXI:

Nagarkot

 

 

El viajero yacía sudoroso y con los ojos cerrados. Su estado era de semi-inconsciencia. A un par de metros de distancia, acostado en la cama contigua, se encontraba Robert, quien al igual que el viajero, esa noche experimentaba elevadas temperaturas corporales.

Ambos recién acababan de llegar la mañana de ese día a aquél modesto pero cómodo hotel, situado en la cumbre de la montaña en el distrito nepalés de Nagarkoot. Se habían conocido apenas dos días atrás, mientras viajaban a bordo de un atestado autobús, en el cual habían atravesado la frontera de Sonauli, situada entra la India y Nepal.

Robert era un neoyorkino joven que al igual que el viajero, se dirigía hacia Katmandú, empero, a mitad del camino y luego de intercambiar algunas ideas y planes comunes, y al enterarse de que en el trayecto se encontraba un misterioso monasterio, decidieron hacer una escala previa en la zona montañosa donde ahora habían recalado por un par de días, sin imaginar que habrían de caer muy enfermos a las pocas horas de su llegada a ese inhóspito lugar.

Afuera la oscuridad ya había hecho presencia en la densa zona montañosa. La escasa población, compuesta por huraños campesinos, ya estaba en su gran mayoría dentro de sus humildes ranchos, de cuyo interior apenas salían unos débiles resplandores generados por la luz de las velas y candiles.

El silencio completo y la espesa neblina se imponían sobre la enorme montaña. Los pocos turistas que eran albergados por la media docena de pequeños hoteles ya se habían recogido en sus habitaciones.

Aquella noche mientras Sahaja, la joven japonesa, realizaba su ritual en las profundidades del bosque, el viajero y su amigo Robert deliraban en sus lechos, con altísimas fiebres provocadas en apariencia por un potente resfrío.  En mitad de su trance aquello hombres hablaban sin parar, pero el aparente diálogo no era entre ellos ni tampoco tenía nada de coherente en sus frases.

__Ed, ¿Por qué  me dices eso?, se escuchó decir a Robert, quien al parecer platicaba con alguien que solamente él miraba.

__Sahaja, déjame participar… yo también quiero unirme a la danza de tus hermosas discípulas, dijo por su parte el viajero, mientras gesticulaba airadamente moviendo las manos.

Sahaja había llegado un año antes a aquel lugar, y había logrado ser aceptada en el pequeño y misterioso monasterio de la zona boscosa. Por coincidencia los dos viajeros se habían hospedado en el mismo hotel en el que ella estaba alojada, y se habían hecho amigos  a las pocas horas de su arribo.

__ ¿Optogenética?, ¿Dices Optogenética?, ¿Qué cosa es eso, Ed?, preguntó de nuevo Robert, a quien apenas se le veía mover los ojos entrecerrados y sudorosos.

__ Sahaja, amiga mía, déjame participar del éxtasis que conduce a la Ekarasa… dijo el viajero con voz angustiada.

Por unos instantes Robert interrumpió sus frases incoherentes y entrecortadas. En mitad de su breve silencio observó a Nancy, su compañera de trabajo en el laboratorio neurocientífico del MIT. La vio escribiendo en una pequeña pizarra electrónica la siguiente frase: “Primero, insertamos los genes especiales en el área cerebral previamente seleccionada, luego, usamos luz óptica sobre ellos, y a continuación apagamos o encendemos a nuestro criterio los circuitos neuronales que nos interesan estudiar”.

Por su parte el viajero había repentinamente abierto sus ojos, o al menos eso era lo que él creía. Había escuchado unos pasos en la habitación y de inmediato pensó que se trataba de su amiga Sahaja que había, según él, regresado del bosque.

__Sahaja, ¿Erés tu?, se escuchó decir al viajero.

__ Sí, soy yo, creyó escuchar que ella le contestó.

Para constatar sus impresiones el viajero movió sus pesados y sudorosos párpados, y al abrir por completo sus ojos, observó a su amiga danzar en torno a él, haciendo ciertos pases con las manos en dirección a diferentes partes de su adolorido cuerpo yacente, pero sin llegar a tocarlo.

Ella estuvo unos instantes haciendo ese ritual en estado de trance semi-hipnótico, y en seguida se dirigió hacia la cama contigua, donde Robert deliraba con una fiebre cercana a los 40 grados, repitiendo de nuevo los mismos extraños gestos que había realizado con el viajero.

De pronto alguien apagó las luces de aquella habitación, los enfermos dejaron de hablar consigo mismos y con sus interlocutores fantasmales, y se hizo un profundo silencio en aquella habitación.

——–

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, en mitad de la oscuridad del bosque, Sahaja había dejado de recitar sus versos místicos, y sumida en el profundo silencio del samadhi y la mahasuka, danzaba en forma frenética e imaginaria en torno a los cuerpos afiebrados de su amigo el viajero y de Robert, a quienes solamente ella miraba, y con quienes ocasionalmente conversaba.

Aquella noche Sahaja era la encargada de dirigir el chakrapuja, y por lo tanto, estaba sentada justo en medio de aquel círculo conformado por treinta y cinco dakinis, todas ellas experimentadas en el dhatisvari, meditando en posición de loto y al igual que la directora de la ceremonia, sentadas  en el suelo.

Todas las dikinis, sin excepción alguna estaban cubiertas con apenas unos rosarios de guirnarlas, las cuales colgaban de sus cuellos, y que les cubrían parcialmente sus hermosos y juveniles senos. Algunas de ellas tenían entre las piernas pequeños tambores hechos con cráneos de bestias, así como también portaban ciertos instrumentos de viento como trompetas de caracol y ruidosas panderetas confeccionadas con conchas de mar.

Aquella noche el fuego sagrado de la maithuna había sido encendido desde muy temprano al nomás caer la tarde, y a esas alturas de la noche ya se había extinguido, pues el bodhisattva principal, el único varón a quien se le había conferido permiso para atizar y ofrendar el fuego ceremonial, se había retirado mucho antes de que concluyera la chakrapuja, tal y como es obligatorio en la milenaria tradición tántrica-budista.

Por unos instantes se hizo un profundo silencio en mitad de aquel frondoso bosque y Sahaja abandonó su estado de mahasunya, saliendo de su estado meditativo. En cuanto abrió sus ojos retiró de su pecho semidesnudo la extensa piel de tigre que le cubría parte del cuerpo, y empezó de nuevo a entonar sus versos;

__En el lago, Dombiyogini se convierte en dos, ¿cómo puede ella sentarse en mitad del lago?* Y dijo de nuevo: En el lago, Dombiyogini se convierte en dos, ¿cómo puede ella sentarse en mitad del lago

Y repitió varias veces el mismo canto, mientras las dakinis asistentes a la ceremonia recitaban al unísono junto a ella.

Fin capítulo XXI

(*) Este fragmento de canción aparece en un antiguo manuscrito Newari del Caryagitti. El texto en mención es una copia de hace 400 años, proveniente de un escrito mucho más antiguo, y el cual pertenece a Ratna Kaji Vajracharya, un sacerdote newari de Katmandú, Nepal, entrevistado por la antropóloga M. Shaw (Nota # 89 del cap. III; “Passionate Enlightenment”; Miranda Shaw, Princeton University Press, U.K., 1994, p. 220).

——————

Sergio Barrios Escalante.

Contacto: kultur_tulum@yahoo.com.mx

Los capítulos anteriores de ésta serie pueden ser leídos desde el siguiente sitio.  Pinchar Aqui.

Kulturtulum es la sección cultural de la revista RafTulum.

A los lectores de la Serie Puros Cuentos de Kultur-Tulum

A los lectores de la Serie Puros Cuentos de Kultur-Tulum

A los lectores de la Serie Puros Cuentos de Kultur-Tulum

Saludos cordiales:

A quienes nos siguen desde la sección Kulur-tulum de la Revista Raf-Tulum, y en particular, a quienes han venido leyendo en la Serie Puros Cuentos las narraciones de “9 MIL 700 KILOMETROS A TRAVÉS DE LA INDIA”, les informamos que a partir del presente mes daremos continuidad a los capítulos que todavía quedan pendientes.

A partir de ahora, a quienes deseen leer los capítulos anteriores (del I al XX), pueden referirse a nuestro sitio anterior (http://kultur-tulum.blogspot.com/).

De antemano gracias por su acompañamiento.

Fraterno,

Sergio Barrios Escalante.